Las hazañas de Ámsterdam, Colombes, del 30 en Montevideo y Maracaná acompañaron nuevamente la alegría de los uruguayos y adornaron sus calles, hogares y lugares públicos. La Selección de Sudáfrica fue reconocida émula de aquellas proezas.
En la historia de nuestras generaciones y la vida cultural del país, el futbol siempre marcó nuestros valores más apreciados y también nuestros defectos, porqué no… Y si no, recurramos a la imagen del Negro Jefe, aquél 16 de Julio del 50, cuando se puso la de cuero bajo el brazo y en una discusión indescifrable con el juez, dio aire a sus compañeros de equipo, frente a 100 cien mil delirantes brasileños que antes del comienzo del partido, ya acariciaban la Jules Rimet como propia. Creatividad, estrategia, audacia, convicción y corazón, todo en un gesto que puso las cosas en su lugar. Una emblemática escena de Maracaná que iluminó a generaciones de uruguayos, futbolistas o no.
Muchos años después la práctica social y política demostró esa coincidencia de nuestros valores culturales, cuando los energúmenos de la intolerancia, quisieron empujarnos por el túnel a los vestuarios y tronchar esa paciente construcción que viene del fondo histórico de los uruguayos.
En todos los confines, uruguayos de la diáspora, vibraron frente a los televisores ante el puntapié certero de nuestro heroico 10, el “Cachabacha”, las ganas a la máxima velocidad de Luisito Suárez, o el tesón generoso de Diego Pérez. En Nueva York, París, Australia o Buenos Aires, se despertaron sentimientos y sensaciones, solo reconocibles para quienes dejaron la Patria y viven en el día a día esa desgarrante pelea contra la lejanía. Porque también la diáspora se asocia otra vez al futbol: Schiafino y Ghigia al futbol de Italia, como corolario a la hazaña del 50 y tras ellos el Gallego Santamaría al Real de Madrid, hicieron punta en esa corriente migratoria de futbolistas y pocos años después de uruguayos que con la celeste en el corazón, fueron expulsados de la cancha por un modelo de país diseñado para pocos y mezquino.
La mayoría de la Selección, integran ese Uruguay de fronteras afuera. Son uno de nuestros productos exportables: talento y habilidad que, por esas ironías de las leyes económicas, nos enorgullece a los uruguayos pero los disfrutan en otros lados.
Durante 40 años nos bajaron del podio y ahora volvemos a la tapa de los diarios en el mundo. Soy de los que cree que el deporte y el futbol en especial, se relacionan con el humor social, con la autoestima, con el estado anímico de un pueblo. No será que los gurises de la Selección, nos envían una señal, un susurro al oído que son parte de algo nuevo, de un cambio en gestación, de un partido en el que todos quieren entrar a la cancha para ganar ?
La Patria Peregrina completa el mosaico cultural de los uruguayos. Allí hay miles de voluntades que como nuestros héroes celestes antes de la partida al Mundial, tienen sus sueños y palpitan ante nuestros símbolos. Sueños asociados a la èpica del regreso para unos, o a la mano ciudadana extendida tan firme y larga como para hacer sentir su presencia en la construcción de un Uruguay donde predominen para siempre las claves y conductas que exhibieron los celestes en Sudáfrica.
El futbol es parte de nuestras alegrías, nuestros dolores y nuestras esperanzas. Sobre todo de nuestras esperanzas, porque en él se expresa lo que hace noble al hombre: vencer en todos los ámbitos de la sociedad, en un partido donde no existen los vencidos, sino todos dueños de la victoria.
13 de Julio de 2010. Día del regreso de los celestes. Jorge Eiris. Córdoba, Arg.
